jueves, mayo 17, 2012

Una mentira más

- ¿Cómo se le da a una mujer una cita que no olvide jamás?

Al final deja de sorprenderte que las preguntas del Extraño te sorprendan. Supongo que viene aparejado al hecho de que, para ser un ser completamente racional, no parece seguir ninguna otra lógica que la que él cree evidente.

- ¿Por qué me lo preguntas a mí? Creía que, después de lo del otro día, Landelón o el Clasificado serían personas de mayor autoridad en estos temas.
- Landelón sería válido si sus conquistas pudieran recordarle sin apenarse.
- No siempre es así.
- En una proporción elevada de casos, el Viajero termina por hacerlas llorar, Dídac. No es capaz de reconocer que los sueños que las hace vivir son situaciones de las que ellas no quieren despertarse.
- ¿No es lo que tú quieres?
- Yo quiero que cada vez que piense en esa noche, quiera volver a pasarla conmigo.
- Hum... ¿Y qué hay del Clasificado?
- No tengo las instalaciones necesarias para ejectuar sus operaciones. 
Tiene razón. Todos conocemos nuestras limitaciones, o deberíamos. Landelón tiene encanto pícaro, yo siempre tengo una historia a mano, y el Clasificado tiene, digamos, buena planta.
 - Hasta donde soy capaz de conocerlas, las mujeres quieren sentirse únicas. Viven sumergidas en inseguridad y quieren que alguien las separe del mundo. Así es como le das a una mujer una cita que no olvide jamás. Separándola del mundo.
- ¿Separar como hacerla destacar o separar como llevarla a otra parte? Desambigua, por favor.
- La ambigüedad no era fortuita. Vas por buen camino. El resto, es asunto tuyo.

El Extraño sale de la habitación murmurando y agitando la cabeza. Me quedo con la sensación de que esperaba que le repitiera un tópico. Ya sabéis, flores, champán, un sitio lujoso con un violinista que toque los cojones y no permita una conversación fluida. Tópicos, joder. No hay que caer en los tópicos.

Tenhime se enamoró de mí porque le supe regalar tres flores. No es el qué, es el cómo. Es todo lo que tiene que entender el Extraño.

Esa noche, el Extraño arrastra a su cita por varios tramos de escaleras más allá del último piso al que el ascensor puede llegar. Ella tuerce la boca con desagrado cuando él la lleva por el estrecho pasillo de mantenimiento, sugiriéndole que se mantenga apartada de los cables si no quiere llenarse el vestido de polvo. El Extraño encoge su considerable estatura para caber en un claustrofóbico montacargas de paredes de poliespán y le susurra al oído.
- Ya casi estamos.
Ella no alberga ya muchas esperanzas. Piensa en ese mensaje que ya tiene escrito y que para enviarlo sólo tiene que apretar un botón. Un mensaje que hará que una amiga la llame fingiendo una emergencia y le dará una excusa para abandonar esta horrible cita.

El pasillo se retuerce una vez más en un tramo de escaleras, el último, promete él. Y al fondo, una puerta oscura a través de la cual se filtra una canción que ella no conoce. Le da la sensación de que está en italiano.

Y cuando la cruza,  tiene que detener el impulso de cubrirse el rostro ante el resplandor de las luces. Toda la ciudad parece estar a sus pies, salvo aquellos edificios que le ganan altura a la fachada y arrojan sus luces artificiales sobre ella. Más allá, sólo queda Madrid iluminada. La luna arroja un tenue brillo plateado sobre las farolas, los únicos puntos de color sobre un mar negro y, por un segundo, la ciudad parece en paz.

La azotea está cubierta de polvo, y aquí y allá se puede aún ver un calcetín, una pelota de golf, una percha. Pero en una esquina alguien había colocado una mesita con un mantel de encaje blanco, sobre la que descansaban dos cubiertos y una fuente cubierta. Dos velas solitarias iluminaban el pequeño oasis de la azotea, tratando de hacerse valer por encima de los fluorescentes y los rótulos publicitarios. Bajo la mesa, la voz de Gianna Nannini se escapa de un pequeño reproductor, cantando su Meravigliosa Creatura justo en el momento en que ella se gira hacia él.

El Extraño la observa con atención. No sabe si ha logrado preparar una escena lo bastante romántica como para enternecerla, y lo bastante original para separarla del resto del mundo. Ella le contempla sin decir nada, con las luces de todo Madrid reflejándose en sus pupilas.

No sabe qué hacer. Así que extiende sus brazos, lo bastante largos para rodearla entera, pidiendo mudo un abrazo. Y cuando ella lentamente, entre el shock y la duda, ocupa el hueco entre sus brazos, él comienza a bailar. Ella hunde su rostro en su esternon, y se aferra a la cintura del Extraño con los brazos. Despacito, casi arrastrando los pies, para no pisarla, para no hacerle daño, se balancea girando sobre sí mismo, envolviendo a su acompañante con su cuerpo, con la noche sin estrellas de Madrid, con los sembrados de luces que rodean la azotea.
 - ¿Te acuerdas que te dije que no me gustaban los gestos caballerescos?
- Sí.
- Quizás exageraba un poco.

Quizás yo exageraba un poco, también, cuando decía que nunca haría nada como esto por nadie, piensa el Extraño. Quizás, en el fondo, lo que nos digamos a nosotros mismos no sea sino una mentira más.

3 comentarios:

Aaricia dijo...

El post da lo que prometía. Vaya con el Extraño... ¡quién le ha visto y quién le ve!

A.M. dijo...

Me quedo.

pd. "Piensa en ese mensaje que ya tiene escrito y que para enviarlo sólo tiene que apretar un botón. Un mensaje que hará que una amiga la llame fingiendo una emergencia y le dará una excusa para abandonar esta horrible cita."

¿La gente hará eso?

Dídac dijo...

Lo hace, créeme.