jueves, junio 07, 2012

De medio cuento

- Cuentacuentos.
El dedo de Tara empuja mi frente. Recibe un gruñido como respuesta.
- Cuentacuentos, ¿qué te pasa?
- Déjame tranquilo, Tara.
- El Cuentacuentos está triste por su princesa, un suspiro se escapa de sus labios de fresa.
- Menta otra vez a Rubén Darío en mi presencia y tendremos un altercado.

Tara me empuja hasta hacerse un hueco en el mismo sofá en el que yazco con desgana. Se tumba a mi lado, sonriente. El espacio personal, para ella, debe ser algo que necesitan los que no se duchan con la frecuencia que deberían.
- ¿Pero tengo razón?
- No.
- ¿No estás triste?
- No estoy triste por ninguna princesa.
- Claro. Porque no es una princesa. Es la hija pequeña de un Rey, y eso lo cambia todo. ¿Hace cuánto no la ves?
- Dos años. Dos largos y jodidos años, Tara.
- ¿Y por qué no vas a buscarla?
- No funciona así.
- Pues debería.

Pues debería, dice. Como si con ella las cosas funcionaran como deberían. Me revuelvo en el sofá intentando separarme lo bastante como para que vea que estoy molesto mientras le clavo una mirada significativa, pero todo se queda en un intento. Cada movimiento en busca de espacio tiene como contrapartida una jugada suya recortando esa misma distancia. Para mí, es imposible discutir con Tara. Siempre que me termina por frustrar y me dan ganas de gritarle, me sonríe y me ignora, achuchándose a mí hasta que se me pasa el enfado. Es una mujer increíblemente felina, en el sentido que consigue salirse siempre con la suya, y a pesar de todo terminas creyendo que ella es tu mascota y no al revés.

- No estés triste... - y entonces, con el tono que se emplearía para gritar 'Eureka' desde una bañera, dice - ¡Cuéntame un cuento! Eso siempre te anima...
- No, Tara. Eso siempre te anima a ti.
- Pues prueba. A lo mejor ayuda.
- Mmmh... veamos. "Una vez, un Viajero llegó a un reino lejano, y vio que era el sitio más miserable en el que jamás había estado..."
- Ése ya me lo has contado. Otro.
- Ehm... "Cuando el Rey de Badar, satisfecho por haberse librado de la bruja, le ofreció la mano de su hija al Viajero..."
- Ése también me lo sé. ¡Cuéntame uno nuevo!
- "Landelón y yo nos estábamos bañando tranquilamente en las charcas de Ishashi, cuando por el rabillo del ojo vimos como desde la orilla se nos acercaba un porcodrilo..."

Ah, éste no se lo sabe. Genial. Por lo que a mi experiencia como Cuentacuentos respecta, existen dos clases de niño, público, y mujer: las que yo llamo chicas de medio cuento, y las chicas de cuento y medio. Las primeras, como mi sobrina Helena, se suben la sábana hasta las mejillas y te piden un cuento, del que escuchan más o menos la mitad antes de quedarse dormidas plácidamente.

Las segundas, las peores, se aprietan contra tí y te piden un cuento para dormir tranquilas. Pero cuando a la mitad te detienes, creyéndolas dormidas, con ojos cerrados y voz que gotea sueño te dicen "Te estoy escuchando... sigue". Y no es hasta que has terminado cuando murmuran "Qué bonito... cuéntame otro". Éste segundo sí que no lo terminan. Pero ya les has contado un cuento entero, obligándote a pensar, a buscar y a leer, a escribir y a prepararte para su siguiente visita.

Siempre tienes que ir un cuento por delante de sus pesadillas.

1 comentario:

Letichan dijo...

La frase del final es muy, muy chula. La división de chicas de medio cuento y de cuento y medio también me parece muy acertada.

... Y me ha hecho de que pertenezco a los dos tipos, según el día.