miércoles, julio 04, 2012

Decepceraciones

No es raro que el timbre de mi casa suene insistentemente. Es poco frecuente, es más, hasta sospechoso, cuando suena a las cinco de la mañana de un domingo. Arrastro los pies hasta la entrada, con los párpados casi pegados y al abrir la puerta, es Tara la que prácticamente se abalanza sobre mí alanceándome con su índice estirado.
- ¡Tú! ¡Es todo culpa tuya!
- ¿Qué?
- ¡Tú, tú y tus cuentos, tú y tus consejos, tus cuentos y tus historias! ¡Es todo culpa tuya!
- Tara, de qué me estás habl...
- ¡Calla! Tú, tú me hiciste creer que existían hombres decentes. Tú me contabas cuentos de caballeros que cuidaban de sus princesas. Me hiciste creer que eso era cierto. ¡Me hiciste querer que lo fuera! Pero a pesar de todo yo no paraba de encontrar hombres equivocados, decepción tras decepción...
- Tara, ¿estás borracha?
- ¡No! Bueno, quizás un poco. Sí. ¡No cambies de tema!
- Tranquilízate. Siéntate un rato.
- ¡No! - Su dedo vuelve a clavarse en mi pecho, envenenado de alcohol.- No, no te vas a librar de ésta. Te has librado de todas, pero no de ésta.
- Aun no sé de qué estás hablando, pero escucharé. Es lo que quieres.
- Oh, ahora sabes lo que quiero, ¿no?. ¡Pues sí! ¡Siempre has sabido lo que quiero! ¿En qué te convierte eso, eh? ¡En un listillo!
- Lo que dices no tienes sentido alguno.
- ¡Cállate! ¿Sabes de dónde vengo? ¡Vengo de beber sola en un bar!
- Me imaginaba algo así. ¿Una mala cita?
- ¡Horrible! ¡Sólo sabía hablar sobre él! ¡Un gilipollas integral! ¿Y lo peor que es? ¡Que tratando de olvidarlo en esa mierda de bar se me han acercado al menos otros dos tíos! ¡Igual de horribles que el primero!
- ¿Tan feos eran? - No puedo evitar esbozar una sonrisa - Pobres...
- ¡No es eso! Bueno, uno sí que era feote... ¡Pero era idiotas, todos ellos! ¡De manual! Yo creía que existían los hombres decentes, ¡tú! tú me hiciste creer que existían, que podía conseguir a alguien que me valorara, que apreciara lo que soy pero luego siempre, siempre...
- Te acababan decepcionando.
- Y me canso, me canso de que me rompan el corazón una y otra vez, y otra...
Tara se arrima a mí, para que la abrace. ¿Qué hace uno en mi situación? Decirle lo que quiere oír. No le puedes decir "Siempre has probado con los hombres equivocados. Nunca has probado otra cosa que el mismo tipo de hombre, y siempre te ha salido mal. ¿No ves la relación?". Necesita oír su opinión en un tono de voz más grave.
- No te preocupes, Tara. Te prometo que hay alguien ahí fuera para ti. Sólo tienes que ser paciente.
- No me da la gana. - dice, y estrella sus labios contra los míos.

El beso, o el intento del mismo, dura cuatro latidos de corazón. Entonces Tara se aparta, mirándome con ojos vidriosos, y con un espasmo, se dobla por la cintura y vomita violentamente en un cubo que el Extraño, salido de la nada, logra interponer entre su boca y el suelo de nuestro recibidor.
- ¿Cuánto tiempo llevas ahí?
- El suficiente. Acuéstala en el sofá, donjuán. Voy preparando el equipo de emergencia para resacas.

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