lunes, julio 23, 2012

"Entonces ella me tiró un pepino"

(Léase con afectado acento francés).

La gente cree que todo el revuelo lo empezó esa costurera, Manuela, pero la verdad, fue todo culpa de una frutera.

Llegamos a Madrid desde París para modernizar la ciudad. Qué digo la ciudad, el país entero. Pero ya conocéis a los españoles, culogordos pobretones que no encontrarían ni su propio ombligo. Recibieron los cambios a regañadientes, aprovechándose de lo que podían y siempre empeñados en añadir patata a su tortilla, ya me entienden.

Así que después de arreglarles el país entero, mal que les pesara a algunos, ya no podíamos pasear por las calles de Madrid sin que nos llovieran los improperios: que si "vete a fregar, madelón", que si "gabacho de mierda", y cosas peores.

Al final llegó ese día en que bajé a la frutería, porque había que dar de comer a la tropa, y la joven ya me recibió con mala cara. A pesar de todo, traté de ser amable:

"Oh-la-la, mademoiselle, que magníficos melones tiene. Ojalá tuviera también un par de buenos jamones, cómo iban a disfrutar mis soldados".

Y  la chica se puso hecha una furia, poniéndose a gritar, y vinieron más vecinos, y más soldados, y más gente. Entonces ella me tiró un pepino, sonó un disparo, y todo se fue al garete.

Así que le juro, Emperador Bonaparte, que el próximo Mayo a mí no me pilla en Madrid.

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