jueves, octubre 04, 2012

Estamos en una costa con un solo pez



- Hola, ¿estás solo? – la chica pelirroja le sonríe cuando se sienta a su lado.
- Hombre, solo, solo – Adalberto miró a su alrededor: a la morena de falda inapropiadamente corta, a la chica de pantalones para sordomudos (tan apretado que le podía leer los labios), a la rubia de pechos exuberantes que desde hacía rato se apartaba el pelo tras los hombros para que la vista cayera directamente en su profundo escote – Solo sí que estoy.
- ¿Y a qué te dedicas, guapo?
Guapo, dice, mientras ve el revuelo que se forma en la puerta al entrar al bar el único otro ser vivo con polla del lugar.
- A la poesía.
- ¿A la poesía? – la pelirroja juguetea seductoramente con un tirabuzón del color del atardecer - Qué interesante…

El chico que entra es joven, y guapo. Quizás haya merecido la pena venir, piensa Adalberto. Las chicas que pueblan el bar acuden a su alrededor como hormigas a la miel.
- ¿Sí? Mira, bonita, estamos en una costa con un solo pez, y acaba de cruzar ese umbral.

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