jueves, noviembre 29, 2012

No dudó en desenfundar la porra (I)


Al ver a aquel canalla escupir en la calle, no dudó en desenfundar la porra y proceder al arresto. Cuando, después de la monumental paliza, llegó a casa llorando, su madre decidió esconderle el triciclo de policía que le habían regalado por su cumpleaños.

martes, noviembre 27, 2012

Dieciséis Días de Oscuridad

- ¿Te he hablado alguna vez sobre el evento conocido como los Dieciséis Días de Oscuridad?
- No. ¿Es un cuento?
- Es un hecho real. Fue la primera vez que Fátima y el Viajero se separaron.

Estaban, entonces, en Yrsuvia, un pequeño país que no linda con el Dwat. Landelón se estaba dirigiendo tierra adentro para terminar su mapa, y Fátima, entonces errante, lo acompañaba.

La hassassiyyin había aceptado muy pocos trabajos desde que viajaba con Landelón. No es que al Viajero le molestara su profesión, sino que por alguna razón, ella no se sentía cómoda arriesgando la vida. Ya sabes de lo que hablo.

Pero hete aquí que tras casi un año de viajar juntos, al volver Fátima de cobrar el último de esos esporádicos trabajos, se encuentra con que Landelón ha desaparecido. Sin rastro, sin una despedida, sin nada.

Sintiéndose engañada, furiosa y abandonada, Fátima asesinó a cuarenta y ocho personas en dieciséis dias; todos los contratos de Yrsuvia, realizados a la vez. Todos sin pago exigido a cambio.

Hay que entender la magnitud de los acontecimientos en perspectiva: Yrsuvia perdió, en dos semanas, a políticos, jefes del crimen, catedráticos universitarios, jefes de policía y aspirantes al trono. Y al rey, por supuesto. Esto desencadenó, simultáneamente, elecciones adelantadas, una carrera por el trono, guerras de bandas en los bajos fondos,  descontrol aduanero, disturbios, huelgas estudiantiles, y un sinfín de otros sucesos.

El decimoséptimo día, Landelón regresó, encontrando Yrsuvia en el caos y las llamas. Fátima acudió a él con los ojos llenos de lágrimas, las manos llenas de sangre, y la frase equivocada en los labios.

- Vuelve a dejarme atrás, y te mataré.

Presta atención, que ésta es la metáfora de la historia. Quien sabe lo diferente que serían sus vidas, las nuestras, el mundo en general, si la frase que hubiera escapado de los labios de Fátima hubiera sido 'no me dejes'.

martes, noviembre 20, 2012

Primadonnas

Mis labios apenas rozan sus dedos, pero mi mano, la que sostiene la que beso, nota que reprime un escalofrío. Quizás de placer, pero como mínimo de satisfacción. Cuando levanto la vista de esos delgados dedos de uñas perfectamente pintadas, me topo con una sonrisa capaz de salvar al Titanic mediante el siempre eficaz método de derretir el iceberg. Sobre ella, dos ojos enmarcados con lápiz de maquillaje que me encañonan, a punto de dispararme algo más letal que un trozo de plomo ardiente.
- Un placer, Cuentacuentos. Espero verle en el baile del Solsticio.

¿Y voy a tener que esperar hasta entonces?, pienso, mientras se da media vuelta y ella, y media docena de sicofantes, aspirantes a amante y fans la acompañan adondequiera que vaya.

La culpa es de Landelón, que sólo me presenta primadonnas. No sé si lo hace porque sabe que me gustan, o porque realmente sólo es capaz de no acostarse con esta clase de mujeres. Tienen mucha personalidad para él. O quizás él tenga demasiada para ellas. Sea como fuere, la verdad es que Diana Laguna, Ysabell Mylene, Juana de Gimeno, y la propia hija pequeña del Rey de Badar todas son damas dignas del apelativo de primadonnas.

- Te ha gustado, ¿eh? Ya no parece tan mala idea venir a Neral en invierno, ¿eh?
- Oh sí. Te odio por ello.
- Antes del solsticio de invierno te tendré que recordar su nombre, porque no creo que seas capaz de recordarlo ahora mismo. Hay gente que no lo olvida jamás. Se dice que una vez, usó un hierro al rojo blanco para marcar a uno de sus amantes más olvidadizos.

Pero lo peor es que, aunque no es necesario que sean poderosas o adineradas, es la actitud de la primadonna la que me pierde por completo. Una mujer que actúa no sólo como si lo quisiera todo en la vida, sino como si además lo mereciera. Mujer de núcleo triste, envueltas en elegancia, que adoran que las adores, que lucen una corona plateada que por lo visto sólo sus presas predilectas (esto es, gente como yo) pueden ver. Mujeres que son un gran problema para ti, lo sabes y no puedes evitarlo. Mujeres que son difíciles, pero siempre se las apañarán para explicarte que es culpa de otro. Generalmente, tuya.

- ¿No hay opción de verla antes? ¿Otra fiesta, otra gala, otra recepción?
- Esto no es Badar, Cuentacuentos. Aquí la crema, la nata, la pompa y el boato sólo se sacan a pasear en los festivos. El resto del tiempo, cada zapatero atiende sus zapatos.
- No son sus zapatos lo que me interesa volver a ver.

Y a pesar de todo, pareces sentir que un fleco de su vestido se ha enganchado en tu corazón, y cada vez que se alejan te van deshilachando por dentro, como si fueras un estúpido jersey de punto al que se le acaba el tiempo.

- Veré qué puedo hacer.

La promesa del Viajero, de repente, es suficiente.

viernes, noviembre 16, 2012

Razones

Lo mejor que tiene Badar es que siempre me está esperando, y que nunca me hace preguntas.

martes, noviembre 13, 2012

el Horror

Una vez, la hija pequeña del Rey de Badar me preguntó cómo era mi ideal de Paraíso. Como no supe qué responderle, me puse a hablar de los paraísos de diferentes religiones, pero ella me acalló poniéndome un dedo en los labios, precursor de besos que llegarían esa noche. Si no eres capaz de imaginarte un Cielo, me dijo, cuéntame cómo te imaginas el Infierno.

- Sencillo. Es un edificio de cuarenta y cinco pisos de la Administración Pública, cuya antesala es un aeropuerto.

lunes, noviembre 05, 2012

Fiabilidad

- No llega. - dice el Viajero, cuando la joven corre torpemente sobre sus tacones, tratando de alcanzar el metro antes de que éste abandone la estación sin ella. El Viajero se lleva su punto cuando, segundos antes de que ella termine de bajar por las escaleras mecánicas, las puertas de los vagones se cierran y el metro abandona la estación, condenando a la muchacha a llegar tarde adondequiera que estuviera yendo.

Hacía mucho que no jugábamos a esto. Aunque también hacía mucho que no veía al Viajero.

- Llega- digo yo. Por mi parte, también puntúo: el joven en traje gris y corbata fina llega corriendo al andén y se desliza dentro del vagón, y en ese momento justo las puertas se cierran tras él.
 - Cinco a siete - Comenta el Viajero, llevando el recuento. Voy perdiendo. - ¿Mala noche?
- Increíblemente mala.
- ¿Tus sueños, otra vez?
- No, no. No tiene que ver con ella.
- ¿Con qué, entonces?

No sé por dónde empezar a contarle lo de Tara, así que señalo a una pelirroja en vaqueros cómodos y manoletinas, e indico "No llega". Pierdo el punto y la oportunidad de mirar a esa atractiva joven mientras espera al siguiente metro cuando, de un salto, cruza las puertas del vagón a la vez que éstas comienzan a cerrarse y, por décimas de segundo, no pierde el metro.

- He vuelto a ver a Alithia. - confiesa Landelón.
- No jodas.
- Y le he pedido perdón. Otra vez.
- Le hiciste mucho daño.
- Se colgó demasiado de mí. Me asfixiaba.
- ¿Literal, o figuradamente?
- Ya sabes a lo que me refiero.

Y lo sé. Landelón aprecia que las mujeres con las que comparte alguna clase de relación necesiten algo más que a él. Era quizás lo único que no le gustaba de Tenhime: ten cuidado, Dídac (me decía), que no tiene otra cosa en su vida que tú. Y su trabajo. Alithia Wellington cometió un error, y dejó toda su felicidad en manos del Viajero. Manos que, si bien diestras y curtidas en campos de batalla de guerra y amor, no eran de fiar.

Tarde o temprano fallarían.

- ¿Y cómo quedó la cosa?
- Bueno, no me respondió.
- ¡Porque no tiene voz!
- Ni siquiera con gestos. Asintió con la cabeza, y me señaló unas tazas sobre la mesa. Tomamos el té sin hablar nada en absoluto. Supongo que fue su manera de decir que habíamos hecho las paces.
- O de envenenarte.
- No caí en su momento. Pero sigo aquí, así que tampoco es que me encuentre indispuesto.
- Llega - interrumpo. El joven en vaqueros que acaba de bajar corriendo las escaleras de la parada de metro entra en el último segundo en el vagón antes de que las puertas se cierren. Esto deja el marcador en seis a siete. Deseo que el Viajero siga hablando, pero sé que su parte ha terminado ya.

- ¿Me vas a contar lo de Tara, o vas a esperar a que el Extraño se vaya de la boca?
- Aparentemente, ya lo ha hecho.
- Sin detalles. Además, no hay más que verte.
Sentados en el banco de la estación de Metro, los dos debíamos ser un espectáculo. El Viajero, con su sombrero de ala ancha en una rodilla, el pelo revuelto y el perenne pañuelo amarillo al cuello. Y a su lado yo, en pijama y abrigo. ¿Cómo me iba a cambiar? Tara estaría aún durmiendo la resaca en mi cama.
- Creo que está enamorada de mí.
- ¿Y tú?
Opto por la evasiva, ahora que me la ha dejado fácil.
- Yo también estoy enamorado de mí.
- No me había dado cuenta. Sólo espero que tu ego sea mejor compañía que, no sé, una persona de verdad, porque a este paso va a ser lo único con lo que compartas el resto de tu vida.
- No seas así, Viajero. Me quedan amigos, aún.
- ¿Durante cuánto tiempo, Cuentacuentos? Ya sabes que yo seguiré aquí, pero sabes que no puedo parar mucho tiempo. Tarde o temprano, el Clasificado se dará cuenta de que le estoy evitando de nuevo, y se marchará. Y el Extraño, lo creas o no, tiene novia. Eso viene a ser la barrita de cargando de una boda, o al menos, de un 'Me voy a vivir con ella'. ¿Has pensado qué harás entonces?
- Hacer nuevos amigos.
- Porque eso se te da bien.
- Auch.
- Desde el cariño, Dídac. El último amigo que hiciste fue el Clasificado, y prácticamente a la fuerza.
- Me iré a ver a Yanroud. O al Hombre del Piano.
- Hay gente que no sabe ser feliz. Que, sencillamente, quiere lo que no puede alcanzar, sin ni siquiera alegrarse por lo que ya tiene. Con cierta tendencia a joder las cosas que le van bien para poder seguir con un agujero en el pecho.
- No hace falta que seas tan cruel con el Hombre del Piano.
- No hablaba de él.

Durante un rato, ninguno de los dos dice nada. Hasta que una joven en leggins ajustados comienza a bajar las escaleras mecánicas a toda prisa.
- No llega - dice el Viajero. Y el punto es todo suyo.

jueves, noviembre 01, 2012

La última y nos vamos



Odio ir de compras. Lo odio con una pasión sólo equiparable a la que me invade cuando se trata de franceses.

- Recaredo, hijo, no pongas esa cara. Ale, pruébate estos pantalones, que son muy bonitos.
- Pantalones no, Mamá, que ya tengo muchos.

Pero, sobre todo, odio ir de compras con mi madre. Y es que cuando uno rebasa la barrera de los treinta, se da cuenta de dos cosas: que nunca ha sabido elegir qué ponerse, y que hay que odiar mucho a tu hijo para ponerle de nombre Recaredo.

- Venga hijo, la última y nos vamos – me dice, acercándome la camisa más horrible de la tienda, una auténtica obra maestra del mal gusto.
- No me pienso poner eso.
- ¡Pero si es de las que se llevan ahora!
- ¡Claro que se las llevan, mamá, pero sin pagar!

No se puede discutir con tu madre. Así que cogí la camisa y entré a toda prisa en el probador, sin darme cuenta de que ya estaba ocupado. En aquél minúsculo cubículo, sentada en el pequeño taburete de la esquina, se sentaba una mujer de unos treinta años, vestida de forma completamente estrafalaria, que me hacía señas para que me mantuviera en silencio y no la delatara.
- Es que afuera me está esperando mi madre. Hola. Me llamo Hermenegilda, con hache. ¿A que es un nombre horrible, con hache?

Supe en ese momento que mis días de comprar ropa con mi madre estaban contados.