lunes, noviembre 05, 2012

Fiabilidad

- No llega. - dice el Viajero, cuando la joven corre torpemente sobre sus tacones, tratando de alcanzar el metro antes de que éste abandone la estación sin ella. El Viajero se lleva su punto cuando, segundos antes de que ella termine de bajar por las escaleras mecánicas, las puertas de los vagones se cierran y el metro abandona la estación, condenando a la muchacha a llegar tarde adondequiera que estuviera yendo.

Hacía mucho que no jugábamos a esto. Aunque también hacía mucho que no veía al Viajero.

- Llega- digo yo. Por mi parte, también puntúo: el joven en traje gris y corbata fina llega corriendo al andén y se desliza dentro del vagón, y en ese momento justo las puertas se cierran tras él.
 - Cinco a siete - Comenta el Viajero, llevando el recuento. Voy perdiendo. - ¿Mala noche?
- Increíblemente mala.
- ¿Tus sueños, otra vez?
- No, no. No tiene que ver con ella.
- ¿Con qué, entonces?

No sé por dónde empezar a contarle lo de Tara, así que señalo a una pelirroja en vaqueros cómodos y manoletinas, e indico "No llega". Pierdo el punto y la oportunidad de mirar a esa atractiva joven mientras espera al siguiente metro cuando, de un salto, cruza las puertas del vagón a la vez que éstas comienzan a cerrarse y, por décimas de segundo, no pierde el metro.

- He vuelto a ver a Alithia. - confiesa Landelón.
- No jodas.
- Y le he pedido perdón. Otra vez.
- Le hiciste mucho daño.
- Se colgó demasiado de mí. Me asfixiaba.
- ¿Literal, o figuradamente?
- Ya sabes a lo que me refiero.

Y lo sé. Landelón aprecia que las mujeres con las que comparte alguna clase de relación necesiten algo más que a él. Era quizás lo único que no le gustaba de Tenhime: ten cuidado, Dídac (me decía), que no tiene otra cosa en su vida que tú. Y su trabajo. Alithia Wellington cometió un error, y dejó toda su felicidad en manos del Viajero. Manos que, si bien diestras y curtidas en campos de batalla de guerra y amor, no eran de fiar.

Tarde o temprano fallarían.

- ¿Y cómo quedó la cosa?
- Bueno, no me respondió.
- ¡Porque no tiene voz!
- Ni siquiera con gestos. Asintió con la cabeza, y me señaló unas tazas sobre la mesa. Tomamos el té sin hablar nada en absoluto. Supongo que fue su manera de decir que habíamos hecho las paces.
- O de envenenarte.
- No caí en su momento. Pero sigo aquí, así que tampoco es que me encuentre indispuesto.
- Llega - interrumpo. El joven en vaqueros que acaba de bajar corriendo las escaleras de la parada de metro entra en el último segundo en el vagón antes de que las puertas se cierren. Esto deja el marcador en seis a siete. Deseo que el Viajero siga hablando, pero sé que su parte ha terminado ya.

- ¿Me vas a contar lo de Tara, o vas a esperar a que el Extraño se vaya de la boca?
- Aparentemente, ya lo ha hecho.
- Sin detalles. Además, no hay más que verte.
Sentados en el banco de la estación de Metro, los dos debíamos ser un espectáculo. El Viajero, con su sombrero de ala ancha en una rodilla, el pelo revuelto y el perenne pañuelo amarillo al cuello. Y a su lado yo, en pijama y abrigo. ¿Cómo me iba a cambiar? Tara estaría aún durmiendo la resaca en mi cama.
- Creo que está enamorada de mí.
- ¿Y tú?
Opto por la evasiva, ahora que me la ha dejado fácil.
- Yo también estoy enamorado de mí.
- No me había dado cuenta. Sólo espero que tu ego sea mejor compañía que, no sé, una persona de verdad, porque a este paso va a ser lo único con lo que compartas el resto de tu vida.
- No seas así, Viajero. Me quedan amigos, aún.
- ¿Durante cuánto tiempo, Cuentacuentos? Ya sabes que yo seguiré aquí, pero sabes que no puedo parar mucho tiempo. Tarde o temprano, el Clasificado se dará cuenta de que le estoy evitando de nuevo, y se marchará. Y el Extraño, lo creas o no, tiene novia. Eso viene a ser la barrita de cargando de una boda, o al menos, de un 'Me voy a vivir con ella'. ¿Has pensado qué harás entonces?
- Hacer nuevos amigos.
- Porque eso se te da bien.
- Auch.
- Desde el cariño, Dídac. El último amigo que hiciste fue el Clasificado, y prácticamente a la fuerza.
- Me iré a ver a Yanroud. O al Hombre del Piano.
- Hay gente que no sabe ser feliz. Que, sencillamente, quiere lo que no puede alcanzar, sin ni siquiera alegrarse por lo que ya tiene. Con cierta tendencia a joder las cosas que le van bien para poder seguir con un agujero en el pecho.
- No hace falta que seas tan cruel con el Hombre del Piano.
- No hablaba de él.

Durante un rato, ninguno de los dos dice nada. Hasta que una joven en leggins ajustados comienza a bajar las escaleras mecánicas a toda prisa.
- No llega - dice el Viajero. Y el punto es todo suyo.

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