jueves, diciembre 20, 2012

Llovía, y sin embargo estaba deseando salir a la calle


Te lo dije. Mira que te lo dije: saca a tu perro a pasear. Si lo hubieras hecho, no estaríamos ahora en este lío. 

¿Te acuerdas de cómo nos conocimos? Yo aún salía con Sonia, y tú, oh, tú vivías ya con Jaime, que acababa de entrar en la Guardia Civil. Aquel día llovía, y sin embargo estaba deseando salir a la calle. Así que llamé a tu puerta, y le pedí a Jaime que me dejara sacar a su perro a pasear. Recuerdo su mirada agradecida, con ese brillo de sospecha de a quién se le hace de repente un favor, y no se le pide nada a cambio. 

Y nos fuimos bajo la lluvia, el viejo Sultán y yo. Cómo me gustaba ese perro. Cuando fui a devolverlo, fuiste tú la que me abrió la puerta, en un camisón de seda que insinuaba más que mostraba. 

La siguiente vez que nos vimos fue ya en el funeral de Sultán. Jaime me llamó para contármelo porque sabía que su perro me caía bien. `Mejor que yo’ solía bromear. Cómo se hubiera callado de haber sabido que era verdad. En el funeral fue cuando me dijiste tu nombre, y dos semanas después Sonia y yo habíamos roto. 

Más o menos por esas fechas te conseguiste el cachorro que nos metería en este aprieto. ‘Sácalo a pasear’, te dije ese día en el portal, ‘que es pequeño y se te meará en todas partes’. Pero no me hiciste caso, y cada día que no lo sacabas, el cachorro se subía a tu colchón, y se meaba en él. 

Para cuando el cachorro creció, tú te empezaste a aburrir de él, y de Jaime, y me empezaste a meter en tu cama por diversión. Y yo te ponía el requisito de que sacaras al perro, porque no respetaba que estuviéramos al lío, y más de un coitus interruptus se lo debo a aquel can incontinente. 

Pero claro, Jaime comenzó a sospechar de que cambiaras tanto las sábanas, de que no sacaras al perro a pasear, de que pasaras tanto tiempo en casa. 

Y llegó el día de hoy, cuando Jaime entró pistola en mano, alarmado por tus gritos de sorpresa cuando el perro nos interrumpió en pleno acto, y allí nos encuentra, perro, tú y yo sobre la cama. Y disparó. 

Casi deseé que fuera a mí. Pero no, no fue a mí. Ahora los tres llevaremos con vergüenza nuestra merecida fama. Él, asesino. Tú, infiel. Y yo, zoofílico.

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