miércoles, octubre 30, 2013

Miedos nocturnos.

 
La Hija pequeña del Rey de Badar nunca termina de irse de mi cabeza. Sigo sintiendo sus labios sobre mi piel, cada noche. Su voz aún me susurra.

- No es malo vivir tu vida como si fuera un sueño, Cuentacuentos. Pero si despierto sueñas, ¿qué te queda para cuando duermes?

viernes, octubre 25, 2013

Facetamoramientos

Cuando el Extraño comenzó a salir con la Pareja, le dije, en lo que yo creí que era un arrebato de sabiduría:

"Cuando empiezas a salir con alguien, sólo ves una faceta suya, pero conforme le vas conociendo, tu perspectiva se agranda, como si antes vieras sólo una cara del diamante, y al alejarte con el tiempo vieses el diamante entero, con todas sus facetas".

Pues bien, el otro día entró en mi cuarto mientras yo estaba escribiendo y me dijo:

- El diamante entero es horrible. Tiene más defectos de los que esperas, es celoso, posesivo, maniático, cambia de humor abruptamente y posee una indescriptible capacidad de infligir un sentimiento de culpabilidad sin ninguna base racional.

Y se marchó, cerrando la puerta a sus espaldas, sin darme margen a replicar. Me quedé allí sentado, con la boca abierta y un dedo sobre la letra "e". No supe que decir en ese momento. Así que me levanté y me acerqué a su cuarto. Llamé con delicadeza y me asomé de la manera que se asoma uno cuando espera ver un arma cargada al otro lado del umbral.

- ¿Pero te gusta?

Desde su silla, me miró perplejo, como si no supiera de lo que le estaba hablando.

- ¿No he dejado claro que sí?

martes, septiembre 17, 2013

Mensajerías (y II)

- ¿Tío?
- Dime, mi cielo.
- ¿Por qué estás triste?

Les Luthiers, y mis padres después de ellos, me enseñaron que a los niños hay que contarles siempre la verdad. Que cualquier metáfora que quieras utilizar termina por confundirles. Que más allá de los cuentos, nunca sale bien.

- Porque el tío quiere mucho a una persona que hace mucho que no ve.

Me señala con el dedo, sonriendo, con la respuesta entre sus dientes de leche.

- ¡La hija del Rey!
- Sí. La pequeña.
- ¿Y por qué no vas a verla? ¿Ya no te quiere?

Eso pienso yo a veces. Que ya no me quiere. Se marchó a Neral, a ayudar a los refugiados de la guerra de Kumei, y desde entonces... Hace ya unos años. ¿Cuatro? No lo sé. Su ausencia me dolía cada día. Cada segundo del año entero que pasé en Suebia, en otros brazos, pensaba en ella. No por ello dejaba de sentir algo por aquella mujer de pelo oscuro y largo, muy largo, que me abrazaba y se esforzaba por sanar mis heridas. Pero no podía dejar de sentir, en lo más profundo de mi ser, que todo era un parche.

Y ahora llega esa carta. Donde ella hablaba y hablaba, vomitando línea tras línea, entusiasta, hiperoxigenada, ligeramente inmadura, pero soñadora y alegre. Como si no hubieran pasado años desde la última vez que nos vimos, como si nos fuéramos a ver próximamente.

Por supuesto, esto me parte el corazón.

- Sí, sí me quiere, cielo. Pero no puedo irme con ella.
- ¿Por qué no?

Ésta, creo yo, es la razón por la cual los adultos no les dicen la verdad a los niños. Porque temen su lógica aplastante y despreocupada. Como si no hubieran cosas que costaran en la vida.

Fue hace poco cuando, en la que fue una de las penúltimas veces que nos vimos (entre mis sábanas, en mi cumpleaños), que apoyada contra mi pecho me marcó para siempre. Nuestra historia, dijo ella aquella vez, nunca será sólo nuestra historia, porque hay demasiada gente que nos necesita. Es por eso que tenemos que querernos, tú y yo, pero no necesitarnos.

Recuerdo el siguiente parpadeo de sus ojos azules. Como si ella tampoco terminara de creérselo.

Y sin embargo hemos vivido así. Ella perdida en sus responsabilidades de hija del Rey, y yo inmerso en la supervivencia del plebeyo. Viendo pasar amantes a nuestro lado conquistar siempre casi todo nuestro corazón, menos ese irreductible bastión del otro que tenemos salvaguardado de los demás, en el interior.

martes, septiembre 03, 2013

Mensajerías (I)

- Tienes correo.

El Viajero deja un montón de cartas sobre la mesilla, y se desploma en el sofá. Sí, claro que tengo correo. Llevo unos meses fuera, por si no os habíais dado cuenta. Estaría bien que fueran cosas apasionantes, tórridas aventuras amorosas, o viajes apasionantes.

Pero no lo es. Era trabajo. Cuentacuentos es un título, no una profesión, y con Landelón bebiéndose mi cerveza y comiéndose mi macarrones (en ocasiones, hasta tiene el detalle de prepararlos él), necesitaba rellenar mi menguante cuenta bancaria. Pero para qué seguir hablando de esto. Todos, en algún momento, nos hemos enfrentado a la amenaza de los números rojos.

Compruebo las cartas una a una hasta decidir cuáles abrir. Ni qué decir que muchas de ellas son recibos, facturas, propaganda o publicidad (la diferencia entre ambas es sutil, pero no importante). Dos de ellas me llaman la atención. Una de ellas es un sobre marrón, que contiene una carta escrita en una hoja de libreta arrancada. Es de una lectora. Me escribe desde hace poco más de un mes, pero es un soplo de aire fresco. Me recuerda a cuando empecé yo con todo esto. Es sentimental, enamoradiza, y pasional. Arde con un fuego que no se puede contener, pero que debe aprender a controlar. Tiene talento para forjar algo que permanezca en el tiempo. Por eso me gusta leer sus cartas. Es como mirar el interior de una forja, el martillo subiendo y bajando, y las chispas saltando al contacto. Sé que es cuestión de tiempo que todo eso que golpea termine por tener forma.

La otra carta huele a jazmín. Es de la hija pequeña del Rey de Badar.

Y no sé si quiero abrirla.

martes, abril 09, 2013

Cuando descartamos lo imposible, lo restante, por improbable que resulte, debe ser la verdad


Le gusto. Le gusto, seguro. Esa chica lleva sonriéndome desde que entró en el bar. Debe ser el encanto de mis gruesas gafas de pasta, mi recién estrenada camisa a cuadros y mi pajarita (las pajaritas molan). Mi madre siempre dice que las mujeres se ven atraídas por los hombres inteligentes, pero en treinta y siete años aún no había conocido a ninguna así. Y aunque me pareciera improbable que ese bombón no me quitara el ojo de encima, cuando descartamos lo imposible, lo restante, por improbable que resulte, debe ser la verdad. Y la verdad es que esa mujer no me podía querer por mi dinero, porque de eso tampoco tenía mucho. Nadie subvenciona nada. Gracias, Rajoy. Le gusto. Y, oh Dios, viene hacia aquí. Me saluda, ¡y me pregunta qué hago! Pues beber, qué voy a hacer en un bar. No, no le digas eso, que es de maleducados. Seguro que lo ha dicho por empezar una conversación. Debo de estar de suerte, porque parece que todo lo que le digo le provoca una carcajada. Sabía yo que lo que ocurría es que mi humor era muy inteligente, y por eso nadie lo pillaba. ¡Ha puesto su mano en mi pierna! Tranqulo, trata de controlar esa erección... vale, no puedes. Al menos, trata de disimularla. Concéntrate en lo que te está diciendo. No, en sus labios suaves y carnosos no, en sus palabras. Dice que unas amigas están preparando una fiesta, cerca de aquí, ¿y quiere que yo vaya? Espera, que me afloje la pajarita (las pajaritas molan, pero aprietan que no veas). Vale, vale, vamos allá. Huy, pues el sitio es mono. Poco iluminado, pero los candelabros le dan ambiente, ¡y en un sótano!. Claro, así no se molesta a los vecinos. Una mujer inteligente, ya lo sabía. La decoración es un poco espeluznante, esos cuadros de dimensiones imposibles y monstruos tentaculados, ¡y todas esas chicas, de negro, tocándome, acariciándome y... ¿y sujetándome los brazos? ¿Qué juego es éste? ¿Qué cantan? ¿Ïa Ïa Shubb-nigguralgo? ¿Y eso que lleva en la mano? ¿Un cuchillo? ¡Rápido, la puerta! ¡La puerta!

martes, abril 02, 2013

Mitad ángel, mitad marisco


(De los hechos que acaecieron en el convento de Quipaipulco, Perú, el 11 de enero de 2013)

A la atención de Su Santidad el Papa Francisco:

La noche de la Aparición, el convento dormía plácidamente las escasas horas que restaban hasta Maitines. Sólo quedaba en pie Sor Eugenia Trinidad, quien se encontraba en los subterráneos del convento alimentando a los murciélagos (recordemos que el convento se mantiene gracias a su exportación de artesanías de guano), cuando la luz inundó la cueva y una voz que sonaba como la de los anuncios de Galavisión (según declaro Sor Eugenia Trinidad con posterioridad a los actos) dijo:

- Dios te salve, Eugenia Trinidad, bendita tú entre todas las mujeres.

Ni qué decir tiene que la religiosa cayó sobre sus rodillas, más por miedo a que algún murciélago alborotado colisionara con ella que por temor divino. Y mirando a la luz vio recortada la figura de lo que ella supuso sería la Virgen, a la que no puede describir de otra forma que no sea 'Así-así como mitad ángel, mitad marisco', parca descripción que no deja de ser poco fiable dado que Sor Eugenia Trinidad creció en un pueblo aislado de la sierra del Perú y en su vida ha visto el mar.

- Los caminos del Señor son inescrutables, quién los escrutará, el escrutador que los escrute, escrutarlos no podrá. Ahora ve, y difunde la palabra.

Y en un remolino de viento que espantó de nuevo a los murciélagos, con tal efecto que defecaron todos al mismo tiempo, la aparición se desvaneció. Sor Fecunda Evangelina encontró a Sor Eugenia Trinidad en la cueva de los murciélagos, en posición fetal y cubierta de guano, repitiendo como un mantra el trabalenguas de la aparición. Pese a que los análisis descartaron la influencia de alucinógenos, no se descarta que la exposición prolongada a los gases fecales de la cueva pueda causar daños cerebrales severos.

Queda a su estricta voluntad, Su Santidad, la consideración que debemos dar a estos acontecimientos. En caso de que pudieran desprestigiar o minar la credibilidad de la Santa Iglesia, aconsejo que se desvíe la atención con un nuevo escándalo sexual que implique menores, o la aceptación como dogma de la discriminación de alguna minoría racial, como los veganos.

El Señor le guarde en la Tierra como en el Cielo,

Cardenal Edmundo Villaviciosa.

martes, marzo 26, 2013

Siempre que ellos no les hayan prendido fuego


En su viaje al nacedero del Dwat, el turista amante del arte no debe perderse el museo-psiquiátrico de Siemprenllamas, situado a mil doscientos metros sobre el nivel del mar. Fundado por los ilustres doctores Werner y McCarthy como clínica de reinserción de pirómanos, el museo-psiquiátrico alberga una de las colecciones de estatuas de fuego de precisión más impresionantes del mundo; por no decir la única.

El sistema con el cual se elaboran las esculturas es el siguiente: mediante taladro, cincel y otras herramientas (como cepillos de dientes), el paciente talla una serie de surcos que forman complejos patrones al ojo desnudo, claro está, siempre que ellos no les hayan prendido fuego. El paciente cubre entonces dichos surcos con un líquido propelente de combustión lenta, y se deja arder hasta que se consume por completo.

La forma resultante suele depender del estilo del paciente, siendo obras imprescindibles de la colección "Venus en lontananza con un cactus", "Los narcisos", y la que se considera la obra culmen del museo-psiquiátrico, "Verde sobre amarillo".

Es recomendable que el turista avispado reserve con antelación su visita al museo para contar con la inestimable guía de los doctores Werner y McCarthy, quienes amenizarán la visita con anécdotas sobre el tratamiento y la condición de los propios escultores, claro está, siempre que ellos no les hayan prendido fuego antes.

martes, marzo 19, 2013

Se ha quedado buena noche


Aitxol levanta una ceja.
- ¿Qué quiere qué?
- Que le hagamos una pared. Aquí, en medio.
- ¿Y para qué quiere una pared?
- Pues que dice que en cuanto se despista, los vecinos le entran en tropel y le saquean todo.

Aitxol mira a su compañero de fatigas. Antxón y él se han cruzado medio mundo conocido haciendo cualquier trabajillo a cambio de unas monedas. Gracias al don de lenguas de Antxón, siempre encuentran a alguien que necesite algo. En este caso, un viejo apergaminado y bigotudo, vestido con una especia de bata gigante de andar por casa.
- ¿Y dónde la quiere?
- Eso es lo mejor. La quiere desde allí - Antxón señala al Sur, donde terminan las tierras del apergaminado - hasta a tomar por culo allá al Norte.
- ¿En las montañas?
- Por encima de las montañas.
- Ahivalahostia con el abuelo. ¿Y eso va a mantener a los vecinos fuera?
- Dice que es para mantenerlos dentro.
- Está de la olla. ¿Y lo vamos a hacer? Ni de coña.
El anciano los mira, expectante. Había oído hablar de este par, auténticas leyendas, los extranjeros facedores de maravillas. Tanto, que se ha memorizado una única frase en su ridículo y cacofónico idioma.

- No hay güevos.
- ¿Que no hay güevos? - Dice Aitxol - ¡¿Que NO HAY GÜEVOS?! Epa, Antxón, vamos. Que se ha quedado buena noche para hacerle una pared de la hostia al chino éste.

martes, marzo 12, 2013

Compartían colchón, pero no cama


En las calles de Madrid, los vagabundos compartían colchón, pero no cama. Y no tanto por la ausencia de somier y cabezal, que es lo que necesita una cama para ser tal, sino porque cama es parte de habitación, que a su vez es parte de hogar, y de hogares, aquella gente no entendía.

- Señora, ¿me da una moneda?
- ¡Vete al colegio, niño!

Y así llevaba toda la mñana. Tenía las uñas quebradas y el rostro amoratado por la paliza que anoche le habían dado una manada de niños sin hogar para arrebatarle las mantas que, con esfuerzo, había conseguido sacar del fondo de un contenedor. Pero había sido una paliza digna de ser escrita.

- ¡Lo que sea, algo de comer!
- ¡Que te pires, chaval!

Al menos en este barrio le respondían. Había pasado la mañana en el barrio de las corbatas, y allí todo el mundo pasaba de largo a su lado, como si no existiera. Como si fuera un personaje de ficción.

- ¡Señor, para un bocadillo!

Éste pasó de largo. Las tripas le rugieron. No había comido nada desde ayer noche, cuando abandonó a Alfredo en contra de sus advertencias. Pero ahí estaba, viviendo su aventura. Un segundo rugido en sus entrañas hizo flaquear su determinación. Quizás ya fuese hora.

Se subió a un taxi, y para sorpresa de su conductor extendión un billete de cincuenta, indicándole que le dejara frente a una de las mansiones más grandes del barrio más rico de las afueras. Al llamar al timbre, fue Alfredo quien le abrió la puerta.

- Espero que haya disfrutado su aventura, señorito. ¿Me permitirá recomendarle otra lectura, la próxima vez?

- No, Alfred. Pero puedes devolver el Oliver Twist de mi mesilla a la biblioteca.

Aquella noche, no compartió ni colchón, ni cama, y soñó, soñó, soñó con leer al día siguiente algo sobre Huckleberry Finn.

lunes, febrero 25, 2013

El día después

'Tira tus principios por la ventana, es posible que tú vayas detrás' - Max Payne (II).

- Desde el principio, para que esté seguro de que no me dejo nada.
- No te dejas nada, Extraño.
- A ver... ¿No dijiste que te marchaste corriendo porque te pidió algo que no podías darle?
- Cierto.
- ¿Y que tu manera de solucionar este problema era poniendo distancia de por medio?
- Hombre, de haber habido más distancia... Yo no...
- ¿Tienes idea del error que acabas de cometer?
- Hombre, no es que estuviera totalmente en mis manos. Ni es completamente un error. Que no estamos hablando de una prostituta muerta en mi habitación. Quiero decir, que yo ya le dejé claro que...
- No te escuchó cuando se lo dijiste antes de irte, ¿qué te hizo pensar que te escucharía ahora? ¿Sobre todo ahora que has vuelto?
- ¿Mi error fue volver?
- No, Cuentacuentos, tu error fue lo que pasó anoche.
- ¡Saltó sobre mí!
- Haberte apartado.
- Y un huevo.
- Pues no te quejes cuando te salga el tiro por el mocho del arcabuz.
- No es tan fácil pararse a pensar en ese momento.
- Bueno, no he dicho que sea fácil, he dicho que es lo correcto. No le pienso dedicar más tiempo a esto, Cuentacuentos. En el fondo, si a mí me va como me va siendo completamente racional, encuentro razonable que a ti te vaya como te va siendo completamente emocional. Y ninguno de los dos nos podemos quejar.
- Heh. Nos falta una maternal, y podemos ir a decirle a Asimov que contra la estupidez...
- ... los Propios Dioses luchan en vano. Lo que no entiendo es cómo has pasado de huir de ella a acostarte con ella en una sola noche.
- Todo empezó con un 'tenemos que hablar'. Y quizás es lo que deberíamos haber hecho.

domingo, febrero 24, 2013

Tal día como mañana

Tal día como mañana, un veinticinco de febrero cualquiera, Landelón me convenció para empezar este blog. 

Mañana, por lo tanto, se cumplen ocho menos un años de historias, risas, bolas de nieve, viajes a Badar, besos de princesas y de hijas pequeñas de reyes, monstruos marinos, sabios de Ishashi, Extraños, mamuts depilados, diálogos de sobremesa, cervezas varias, guerras en Kumei, y pifias en seducción.

Yo mañana lo estaré celebrando, a eso de las nueve y media, en el VIPS de Fuencarral, aquí en Madrid. Aunque sea en solitario. Pero si alguien se quiere dejar caer, que se considere invitado. Yo invito al postre.

Seguiremos aquí. A veces más, a veces menos, pero aquí tenemos tonterías para rato.

miércoles, febrero 13, 2013

Festivespontáneos

Los Nómadas del Río celebran una suerte de fiesta que, traducido de forma tosca al español, vendría a llamarse el "Festival de PorqueEsElMomento". Sabiamente, la primera vez que Landelón me habló de él en sus cartas lo adaptó al apropiado nombre de San Queremos.

San Queremos cambia de fecha cada año. Tanto, que los diversos clanes del Dwat pueden organizar, perfectamente, un festival cada uno de ellos, y si alguno de los nómadas se encuentra con otro que ya se encuentra celebrando un San Queremos, puede unirse a él sin ninguna clase de compromiso. Ni siquiera, el no celebrar su propio San Queremos.

Por tanto es frecuente ver barcazas atracadas a la orilla del Dwat, y bailes alrededor de hogueras, y música en directo, y comida recién hecha. Los habitantes de los pueblos cercanos al río tienden a verse atraídos por el jaleo y terminan formando parte de la dicharachera costumbre de los Nómadas.

Lo que mucha gente no sabe es que generalmente San Queremos se celebra después de una larga temporada de privaciones, sean voluntarias o forzosas, para los miembros del clan. Es, de alguna manera, una fiesta que conmemora que los tiempos cambian y que lo mejor está aún por venir.

Siempre me pareció una costumbre digna de ser exportada al calendario Badariense, pero aun siendo gente de costa, cosmopolita y espontánea, los habitantes del Reino de Badar siguen queriendo un festival en una fecha determinada del año.

No obstante, nunca se han opuesto a unirse a nuestro San Queremos siempre que a Landelón y a mí nos ha dado por iniciar uno. Aunque solamente fuéramos dos, al estilo de la moraga, en la propia playa de Badar.

martes, enero 22, 2013

Diego tenía prisa, y que empezara a nevar no le venía nada bien

Corría por las calles, con los músculos helados por el frío. Diego tenía prisa, y que empezara a nevar no le venía nada bien. Por eso no pudo evitar maldecir entre jadeos cuando le cayeron los primeros copos sobre los hombros desnudos. Pero su mercancía era demasiado importante como para deternerse por complicaciones atmosféricas.

Siguió corriendo, confiando en que a dos calles le esperaría su relevo, corriendo en el sitio para no agarrotarse. Le pasó la mercancía, antes de desplomarse en el frío suelo.

A través del frío invernal, en manos de otro, la Antorcha Olímpica continuó su largo camino.

lunes, enero 21, 2013

Escapadas de Fin de Año

Suspiré agotado mientras me dejaba caer en mi sofá. Habían sido un par de meses intensos, y necesitaba un descanso. Con la huída a Neral, la fiesta del Solsticio, el baile con la Primadonna, el descenso por el Dwat en el "Cuento de Navidad", la Navidad y el Año Nuevo, el cumpleaños de la Hija Pequeña del Rey de Badar y la vuelta a casa, necesitaba sentarme un rato y ordenar mis recuerdos, para intentar escribir algo nuevo.

El Extraño se asomó al salón, como temeroso de que le fulminara con una mirada letal.
- Has vuelto.
No lo pregunta. Sabe que es evidente, pero es su manera de iniciar una conversación.
- ¿Cómo han estado las cosas por aquí?
- Al principio revueltas. Luego la cosa se calmó. Pero te marchaste sin decir nada. Algunos hasta nos preocupamos.
- No es la primera vez que lo hago.
- No. No sería la primera vez que lo hace el Viajero. Tú avisas. Dejas notas. Mandas cartas. O escribes algo cuando tienes acceso a Internet. ¿Te fuiste en bata hasta Badar?
- Sólo hasta Neral. Ahí me cambié. Mira, lo siento, pero...
- Sé lo que vas a decir.
- ¿Qué?
- Oh venga. Vas a decirme que huiste de Tara, luego dirás que te sentías agobiado y que no estabas preparado para enfrentarte a ella la mañana siguiente. Pero de ahí a marcharte dos meses, ¿no crees que es pasarse un poco?
- Eso ha sonado extrañamente empático, viniendo de ti.
- Tuve ayuda.
- ¿Tara?
- Se ha pasado los dos meses aquí. Limpió el piso entero, en un ataque de histeria femenina. Hacía la compra. Hasta ordenó tu habitación.
- Me ordenaría la vida, si la dejara. Espera, ¿Tara, ordenando?
- Amontonó tus cosas por temática y las puso donde estuvieran estables. No es el sistema más eficiente, pero tu habitación comenzaba a parecer un criadero de gólems de ropa sucia que se alimentaban de libros y dejaban los restos por el suelo. De todas formas, creo que lo que quería era encontrar la carpeta en la que guardas los relatos.
- Está debajo de la cama, en un cajón de IKEA. Todo lo importante en la vida se puede guardar en un cajón de IKEA.
- Tara incluída.

Sonreí. Es bueno, volver a casa. Y el Extraño tiene razón, quizás fuera precipitada y un poco insensible la manera en la que me marché. Pero hay cosas que siento que tengo que hacer sin poder permitirme el pararme mucho a pensar. Dejarme llevar. Hacer lo que mis hígados me dicen que haga.

El Extraño suele decirme "Vive sin arrepentimientos, y luego enséñame cómo lo has hecho". Me parece un buen propósito de Año Nuevo.

Me despedí de él antes de meterme en mi cuarto. Si bien es cierto que se apreciaba cierto desorden organizado, la presencia de una mano femenina era evidente en la nueva distribución de la sala. Esto incluía, como tema central, a Tara en un pijama con estampado de ovejitas, sentada sobre mi cama, con mi carpeta de relatos en la mano.
- Tenemos que hablar, Cuentacuentos.

Y no tuve lugar donde huir.

miércoles, enero 16, 2013

Soñó con derribar con los pies


Dormía poco y mal. Poco, porque aunque su contrato decía ocho horas, no salía de Torre Picasso antes de las diez. Una hora de ida y otra de vuelta, y toda la casa para que la pusiera en orden. Y cinco horas de sueño, que no eran buenas, porque soñaba. Un día eran pesadillas absurdas, donde alguien le perseguía a través de espejos, o ese sueño recurrente en el que un chino en traje le observaba dormir mientras, con una parsimonia que ponía los pelos de punta, se fumaba un cigarro. Otros días soñaba con el trabajo, y era peor. Era como pasar más tiempo en la oficina.

Todo lo cambiaron las pastillas. “Concilie el sueño sin problemas”. Tenían forma de oveja. Contraindicaciones: no recomendado para embarazadas, pacientes de cardiopatías, o veganos. Efectos secundarios: somnolencia. Diarreas. Alucinaciones auditivas y/o olfativas. Apendicitis. Coloración inusual en uñas 

Pero fueron un regalo. La primera noche soñó con derribar con los pies Torre Picasso, con ser gigante e ir chafando sus problemas uno a uno. Soñó con correr, con volar, con dejar todo atrás y con saltar sobre un suelo que se hundía y escurría entre sus dedos. El único sueño que permaneció en su sitio era el del chino trajeado fumando cigarrillos.

Lo mejor de todo era que no las pagaba. Las pedía por Internet, pero nunca llegaba el cargo a la tarjeta. Supuso que se las estarían cobrando a algún otro panoli con problemas de insomnio.

Pronto dejó de comer para dormir esas horas. Las pastillas le despertaban puntualmente. Dejó de salir. Todo para poder seguir soñando maravillas, maravillas y el chino trajeado, que seguía allí. Dejó de leer. Dejó de trabajar. 

Dejó hasta de fumar, pero la última vez que se despertó alcanzó a darse cuenta de que nunca había empezado a hacerlo, y que a pesar de eso, siempre olía a tabaco en su cuarto.

miércoles, enero 09, 2013

La noche en la carretera


La línea discontinua que separaba los carriles de la N-666 pasaba a mi lado con practicada monotonía. La noche en la carretera es oscura y llena de terrores, pero sobre todo, aburrida.

Por eso me sobresalté cuando la radio, que creía apagada, escupió un crujido de estática que desgarró mis oídos e hizo que me abalanzara con una mano en el volante sobre la consola de mandos en un esfuerzo vano de detener el sonido, o al menos, bajar su volumen. Al volver la vista a la carretera, me sorprendí llegando a un pueblo tenuemente iluminado por la luz de dos tristes farolas que se alzaban de los jirones de niebla que serpenteaban, como un banco de tiburones, por las calles.

Detuve el coche, hastiado por el crujido de la radio. Me decidí a estirar un poco las piernas y a aliviar mi vejiga. Busqué algo que se asemejara a un bar, y lo hallé en la forma de una vieja cantina que en lugar de puerta tenía una cortinilla. Al otro lado, me esperaba el infierno.

Literalmente hablando.

Las paredes rojizas palpitaban, y aparentaban estar hechas de pura carne. En mesas de piel y hueso, sentados en sillas hechas de cuerpos humanos, demonios de piel roja en trajes de Armani hablaban entre ellos de sus diabólicos asuntos. Detrás de una barra de marfil, un ser que irradiaba maldad exprimía corazones para llenar los vasos a su impía clientela.

Me quedé helado de terror. Aquello no podía estar pasando.

- Y no está pasando, idiota – me dijo el demonio trajeado más cercano, con una sonrisa aserrada, como la de los tiburones – pero sigue dormido, y pronto pasará.

Me sobresalté cuando la radio, que creía apagada, escupió un crujido de estática que desgarró mis oídos e hizo que me despertara cuando la mitad de mi coche invadía ya el carril vecino. Quizás influenciado por el sueño premonitorio, decidí parar y descansar a la primera oportunidad que tuviera. Por suerte, enseguida me encontré en un pueblo tenuemente iluminado por dos farolas, que se alzaban por encima de jirones de niebla.

jueves, enero 03, 2013

Se bajó las bragas y dijo:


No existe persona viva que no deseara abofetearse a sí mismo cuando tenía catorce años. En mi caso, el recuerdo de mi adolescencia que con más vergüenza retengo en mi memoria fue la noche de San Miguel en la que conseguí que Sarita me dejara tocarla.

Sarita era el deseo de todos los de segundo, y de aquellos de primero a los que ya les habían salido pelos en los huevos. Morenaza de pelo oscuro y ojos de avellana, era una mujer impresa en escala de marrones, y para marrón, el de la noche de San Miguel. Aprovechando que mi primo, ya mayor de edad, servía en la comida que el alcalde daba con motivo de la fiesta, conseguí sisar una botella de licor de melocotón que no dudé en emplear como abrelatas, o abrepiernas en el caso en cuestión, hacia las virtudes de Sarita. Con un truco tan sencillo como “verdad o reto”, para la mitad de la botella, en el rincón más oscuro del parque, tenía a Sarita con las bragas por las rodillas.

Y fue ver aquella vagina por estrenar, con aquel vello nuevo y suave rodeándola, y darme cuenta de que mi curiosidad había extendido un cheque que Soberano (como apodaba cariñosamente a aquello que ahora abultaba mi entrepierna), como decía, no iba a poder pagar. Y es que yo no era Nacho Vidal, precisamente. 

Borracha, cachonda y panza arriba sobre el césped del parque, Sarita imploraba que se lo metiera todo. Así que presa de la inexperiencia y el pánico, hice precisamente eso: le metí todo el cuello de la botella, hasta el fondo. Sarita gimió de placer, y con ello, creí haber salvado la papeleta.

Pero al día siguiente, con la misma expresión que pone ahora mi mujer cuando no bajo la tapa del váter, Sarita me arrastró al baño de chicas y, sin beber ni nada, se bajó las bragas y dijo:

- ¡Dos puntos! ¡Dos puntos me ha dado el pediatra! ¡Y yo que quería que mi primera vez fuera con el pichacorta del pueblo!