martes, enero 22, 2013

Diego tenía prisa, y que empezara a nevar no le venía nada bien

Corría por las calles, con los músculos helados por el frío. Diego tenía prisa, y que empezara a nevar no le venía nada bien. Por eso no pudo evitar maldecir entre jadeos cuando le cayeron los primeros copos sobre los hombros desnudos. Pero su mercancía era demasiado importante como para deternerse por complicaciones atmosféricas.

Siguió corriendo, confiando en que a dos calles le esperaría su relevo, corriendo en el sitio para no agarrotarse. Le pasó la mercancía, antes de desplomarse en el frío suelo.

A través del frío invernal, en manos de otro, la Antorcha Olímpica continuó su largo camino.

lunes, enero 21, 2013

Escapadas de Fin de Año

Suspiré agotado mientras me dejaba caer en mi sofá. Habían sido un par de meses intensos, y necesitaba un descanso. Con la huída a Neral, la fiesta del Solsticio, el baile con la Primadonna, el descenso por el Dwat en el "Cuento de Navidad", la Navidad y el Año Nuevo, el cumpleaños de la Hija Pequeña del Rey de Badar y la vuelta a casa, necesitaba sentarme un rato y ordenar mis recuerdos, para intentar escribir algo nuevo.

El Extraño se asomó al salón, como temeroso de que le fulminara con una mirada letal.
- Has vuelto.
No lo pregunta. Sabe que es evidente, pero es su manera de iniciar una conversación.
- ¿Cómo han estado las cosas por aquí?
- Al principio revueltas. Luego la cosa se calmó. Pero te marchaste sin decir nada. Algunos hasta nos preocupamos.
- No es la primera vez que lo hago.
- No. No sería la primera vez que lo hace el Viajero. Tú avisas. Dejas notas. Mandas cartas. O escribes algo cuando tienes acceso a Internet. ¿Te fuiste en bata hasta Badar?
- Sólo hasta Neral. Ahí me cambié. Mira, lo siento, pero...
- Sé lo que vas a decir.
- ¿Qué?
- Oh venga. Vas a decirme que huiste de Tara, luego dirás que te sentías agobiado y que no estabas preparado para enfrentarte a ella la mañana siguiente. Pero de ahí a marcharte dos meses, ¿no crees que es pasarse un poco?
- Eso ha sonado extrañamente empático, viniendo de ti.
- Tuve ayuda.
- ¿Tara?
- Se ha pasado los dos meses aquí. Limpió el piso entero, en un ataque de histeria femenina. Hacía la compra. Hasta ordenó tu habitación.
- Me ordenaría la vida, si la dejara. Espera, ¿Tara, ordenando?
- Amontonó tus cosas por temática y las puso donde estuvieran estables. No es el sistema más eficiente, pero tu habitación comenzaba a parecer un criadero de gólems de ropa sucia que se alimentaban de libros y dejaban los restos por el suelo. De todas formas, creo que lo que quería era encontrar la carpeta en la que guardas los relatos.
- Está debajo de la cama, en un cajón de IKEA. Todo lo importante en la vida se puede guardar en un cajón de IKEA.
- Tara incluída.

Sonreí. Es bueno, volver a casa. Y el Extraño tiene razón, quizás fuera precipitada y un poco insensible la manera en la que me marché. Pero hay cosas que siento que tengo que hacer sin poder permitirme el pararme mucho a pensar. Dejarme llevar. Hacer lo que mis hígados me dicen que haga.

El Extraño suele decirme "Vive sin arrepentimientos, y luego enséñame cómo lo has hecho". Me parece un buen propósito de Año Nuevo.

Me despedí de él antes de meterme en mi cuarto. Si bien es cierto que se apreciaba cierto desorden organizado, la presencia de una mano femenina era evidente en la nueva distribución de la sala. Esto incluía, como tema central, a Tara en un pijama con estampado de ovejitas, sentada sobre mi cama, con mi carpeta de relatos en la mano.
- Tenemos que hablar, Cuentacuentos.

Y no tuve lugar donde huir.

miércoles, enero 16, 2013

Soñó con derribar con los pies


Dormía poco y mal. Poco, porque aunque su contrato decía ocho horas, no salía de Torre Picasso antes de las diez. Una hora de ida y otra de vuelta, y toda la casa para que la pusiera en orden. Y cinco horas de sueño, que no eran buenas, porque soñaba. Un día eran pesadillas absurdas, donde alguien le perseguía a través de espejos, o ese sueño recurrente en el que un chino en traje le observaba dormir mientras, con una parsimonia que ponía los pelos de punta, se fumaba un cigarro. Otros días soñaba con el trabajo, y era peor. Era como pasar más tiempo en la oficina.

Todo lo cambiaron las pastillas. “Concilie el sueño sin problemas”. Tenían forma de oveja. Contraindicaciones: no recomendado para embarazadas, pacientes de cardiopatías, o veganos. Efectos secundarios: somnolencia. Diarreas. Alucinaciones auditivas y/o olfativas. Apendicitis. Coloración inusual en uñas 

Pero fueron un regalo. La primera noche soñó con derribar con los pies Torre Picasso, con ser gigante e ir chafando sus problemas uno a uno. Soñó con correr, con volar, con dejar todo atrás y con saltar sobre un suelo que se hundía y escurría entre sus dedos. El único sueño que permaneció en su sitio era el del chino trajeado fumando cigarrillos.

Lo mejor de todo era que no las pagaba. Las pedía por Internet, pero nunca llegaba el cargo a la tarjeta. Supuso que se las estarían cobrando a algún otro panoli con problemas de insomnio.

Pronto dejó de comer para dormir esas horas. Las pastillas le despertaban puntualmente. Dejó de salir. Todo para poder seguir soñando maravillas, maravillas y el chino trajeado, que seguía allí. Dejó de leer. Dejó de trabajar. 

Dejó hasta de fumar, pero la última vez que se despertó alcanzó a darse cuenta de que nunca había empezado a hacerlo, y que a pesar de eso, siempre olía a tabaco en su cuarto.

miércoles, enero 09, 2013

La noche en la carretera


La línea discontinua que separaba los carriles de la N-666 pasaba a mi lado con practicada monotonía. La noche en la carretera es oscura y llena de terrores, pero sobre todo, aburrida.

Por eso me sobresalté cuando la radio, que creía apagada, escupió un crujido de estática que desgarró mis oídos e hizo que me abalanzara con una mano en el volante sobre la consola de mandos en un esfuerzo vano de detener el sonido, o al menos, bajar su volumen. Al volver la vista a la carretera, me sorprendí llegando a un pueblo tenuemente iluminado por la luz de dos tristes farolas que se alzaban de los jirones de niebla que serpenteaban, como un banco de tiburones, por las calles.

Detuve el coche, hastiado por el crujido de la radio. Me decidí a estirar un poco las piernas y a aliviar mi vejiga. Busqué algo que se asemejara a un bar, y lo hallé en la forma de una vieja cantina que en lugar de puerta tenía una cortinilla. Al otro lado, me esperaba el infierno.

Literalmente hablando.

Las paredes rojizas palpitaban, y aparentaban estar hechas de pura carne. En mesas de piel y hueso, sentados en sillas hechas de cuerpos humanos, demonios de piel roja en trajes de Armani hablaban entre ellos de sus diabólicos asuntos. Detrás de una barra de marfil, un ser que irradiaba maldad exprimía corazones para llenar los vasos a su impía clientela.

Me quedé helado de terror. Aquello no podía estar pasando.

- Y no está pasando, idiota – me dijo el demonio trajeado más cercano, con una sonrisa aserrada, como la de los tiburones – pero sigue dormido, y pronto pasará.

Me sobresalté cuando la radio, que creía apagada, escupió un crujido de estática que desgarró mis oídos e hizo que me despertara cuando la mitad de mi coche invadía ya el carril vecino. Quizás influenciado por el sueño premonitorio, decidí parar y descansar a la primera oportunidad que tuviera. Por suerte, enseguida me encontré en un pueblo tenuemente iluminado por dos farolas, que se alzaban por encima de jirones de niebla.

jueves, enero 03, 2013

Se bajó las bragas y dijo:


No existe persona viva que no deseara abofetearse a sí mismo cuando tenía catorce años. En mi caso, el recuerdo de mi adolescencia que con más vergüenza retengo en mi memoria fue la noche de San Miguel en la que conseguí que Sarita me dejara tocarla.

Sarita era el deseo de todos los de segundo, y de aquellos de primero a los que ya les habían salido pelos en los huevos. Morenaza de pelo oscuro y ojos de avellana, era una mujer impresa en escala de marrones, y para marrón, el de la noche de San Miguel. Aprovechando que mi primo, ya mayor de edad, servía en la comida que el alcalde daba con motivo de la fiesta, conseguí sisar una botella de licor de melocotón que no dudé en emplear como abrelatas, o abrepiernas en el caso en cuestión, hacia las virtudes de Sarita. Con un truco tan sencillo como “verdad o reto”, para la mitad de la botella, en el rincón más oscuro del parque, tenía a Sarita con las bragas por las rodillas.

Y fue ver aquella vagina por estrenar, con aquel vello nuevo y suave rodeándola, y darme cuenta de que mi curiosidad había extendido un cheque que Soberano (como apodaba cariñosamente a aquello que ahora abultaba mi entrepierna), como decía, no iba a poder pagar. Y es que yo no era Nacho Vidal, precisamente. 

Borracha, cachonda y panza arriba sobre el césped del parque, Sarita imploraba que se lo metiera todo. Así que presa de la inexperiencia y el pánico, hice precisamente eso: le metí todo el cuello de la botella, hasta el fondo. Sarita gimió de placer, y con ello, creí haber salvado la papeleta.

Pero al día siguiente, con la misma expresión que pone ahora mi mujer cuando no bajo la tapa del váter, Sarita me arrastró al baño de chicas y, sin beber ni nada, se bajó las bragas y dijo:

- ¡Dos puntos! ¡Dos puntos me ha dado el pediatra! ¡Y yo que quería que mi primera vez fuera con el pichacorta del pueblo!