jueves, enero 03, 2013

Se bajó las bragas y dijo:


No existe persona viva que no deseara abofetearse a sí mismo cuando tenía catorce años. En mi caso, el recuerdo de mi adolescencia que con más vergüenza retengo en mi memoria fue la noche de San Miguel en la que conseguí que Sarita me dejara tocarla.

Sarita era el deseo de todos los de segundo, y de aquellos de primero a los que ya les habían salido pelos en los huevos. Morenaza de pelo oscuro y ojos de avellana, era una mujer impresa en escala de marrones, y para marrón, el de la noche de San Miguel. Aprovechando que mi primo, ya mayor de edad, servía en la comida que el alcalde daba con motivo de la fiesta, conseguí sisar una botella de licor de melocotón que no dudé en emplear como abrelatas, o abrepiernas en el caso en cuestión, hacia las virtudes de Sarita. Con un truco tan sencillo como “verdad o reto”, para la mitad de la botella, en el rincón más oscuro del parque, tenía a Sarita con las bragas por las rodillas.

Y fue ver aquella vagina por estrenar, con aquel vello nuevo y suave rodeándola, y darme cuenta de que mi curiosidad había extendido un cheque que Soberano (como apodaba cariñosamente a aquello que ahora abultaba mi entrepierna), como decía, no iba a poder pagar. Y es que yo no era Nacho Vidal, precisamente. 

Borracha, cachonda y panza arriba sobre el césped del parque, Sarita imploraba que se lo metiera todo. Así que presa de la inexperiencia y el pánico, hice precisamente eso: le metí todo el cuello de la botella, hasta el fondo. Sarita gimió de placer, y con ello, creí haber salvado la papeleta.

Pero al día siguiente, con la misma expresión que pone ahora mi mujer cuando no bajo la tapa del váter, Sarita me arrastró al baño de chicas y, sin beber ni nada, se bajó las bragas y dijo:

- ¡Dos puntos! ¡Dos puntos me ha dado el pediatra! ¡Y yo que quería que mi primera vez fuera con el pichacorta del pueblo!

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