martes, marzo 26, 2013

Siempre que ellos no les hayan prendido fuego


En su viaje al nacedero del Dwat, el turista amante del arte no debe perderse el museo-psiquiátrico de Siemprenllamas, situado a mil doscientos metros sobre el nivel del mar. Fundado por los ilustres doctores Werner y McCarthy como clínica de reinserción de pirómanos, el museo-psiquiátrico alberga una de las colecciones de estatuas de fuego de precisión más impresionantes del mundo; por no decir la única.

El sistema con el cual se elaboran las esculturas es el siguiente: mediante taladro, cincel y otras herramientas (como cepillos de dientes), el paciente talla una serie de surcos que forman complejos patrones al ojo desnudo, claro está, siempre que ellos no les hayan prendido fuego. El paciente cubre entonces dichos surcos con un líquido propelente de combustión lenta, y se deja arder hasta que se consume por completo.

La forma resultante suele depender del estilo del paciente, siendo obras imprescindibles de la colección "Venus en lontananza con un cactus", "Los narcisos", y la que se considera la obra culmen del museo-psiquiátrico, "Verde sobre amarillo".

Es recomendable que el turista avispado reserve con antelación su visita al museo para contar con la inestimable guía de los doctores Werner y McCarthy, quienes amenizarán la visita con anécdotas sobre el tratamiento y la condición de los propios escultores, claro está, siempre que ellos no les hayan prendido fuego antes.

martes, marzo 19, 2013

Se ha quedado buena noche


Aitxol levanta una ceja.
- ¿Qué quiere qué?
- Que le hagamos una pared. Aquí, en medio.
- ¿Y para qué quiere una pared?
- Pues que dice que en cuanto se despista, los vecinos le entran en tropel y le saquean todo.

Aitxol mira a su compañero de fatigas. Antxón y él se han cruzado medio mundo conocido haciendo cualquier trabajillo a cambio de unas monedas. Gracias al don de lenguas de Antxón, siempre encuentran a alguien que necesite algo. En este caso, un viejo apergaminado y bigotudo, vestido con una especia de bata gigante de andar por casa.
- ¿Y dónde la quiere?
- Eso es lo mejor. La quiere desde allí - Antxón señala al Sur, donde terminan las tierras del apergaminado - hasta a tomar por culo allá al Norte.
- ¿En las montañas?
- Por encima de las montañas.
- Ahivalahostia con el abuelo. ¿Y eso va a mantener a los vecinos fuera?
- Dice que es para mantenerlos dentro.
- Está de la olla. ¿Y lo vamos a hacer? Ni de coña.
El anciano los mira, expectante. Había oído hablar de este par, auténticas leyendas, los extranjeros facedores de maravillas. Tanto, que se ha memorizado una única frase en su ridículo y cacofónico idioma.

- No hay güevos.
- ¿Que no hay güevos? - Dice Aitxol - ¡¿Que NO HAY GÜEVOS?! Epa, Antxón, vamos. Que se ha quedado buena noche para hacerle una pared de la hostia al chino éste.

martes, marzo 12, 2013

Compartían colchón, pero no cama


En las calles de Madrid, los vagabundos compartían colchón, pero no cama. Y no tanto por la ausencia de somier y cabezal, que es lo que necesita una cama para ser tal, sino porque cama es parte de habitación, que a su vez es parte de hogar, y de hogares, aquella gente no entendía.

- Señora, ¿me da una moneda?
- ¡Vete al colegio, niño!

Y así llevaba toda la mñana. Tenía las uñas quebradas y el rostro amoratado por la paliza que anoche le habían dado una manada de niños sin hogar para arrebatarle las mantas que, con esfuerzo, había conseguido sacar del fondo de un contenedor. Pero había sido una paliza digna de ser escrita.

- ¡Lo que sea, algo de comer!
- ¡Que te pires, chaval!

Al menos en este barrio le respondían. Había pasado la mañana en el barrio de las corbatas, y allí todo el mundo pasaba de largo a su lado, como si no existiera. Como si fuera un personaje de ficción.

- ¡Señor, para un bocadillo!

Éste pasó de largo. Las tripas le rugieron. No había comido nada desde ayer noche, cuando abandonó a Alfredo en contra de sus advertencias. Pero ahí estaba, viviendo su aventura. Un segundo rugido en sus entrañas hizo flaquear su determinación. Quizás ya fuese hora.

Se subió a un taxi, y para sorpresa de su conductor extendión un billete de cincuenta, indicándole que le dejara frente a una de las mansiones más grandes del barrio más rico de las afueras. Al llamar al timbre, fue Alfredo quien le abrió la puerta.

- Espero que haya disfrutado su aventura, señorito. ¿Me permitirá recomendarle otra lectura, la próxima vez?

- No, Alfred. Pero puedes devolver el Oliver Twist de mi mesilla a la biblioteca.

Aquella noche, no compartió ni colchón, ni cama, y soñó, soñó, soñó con leer al día siguiente algo sobre Huckleberry Finn.