martes, marzo 12, 2013

Compartían colchón, pero no cama


En las calles de Madrid, los vagabundos compartían colchón, pero no cama. Y no tanto por la ausencia de somier y cabezal, que es lo que necesita una cama para ser tal, sino porque cama es parte de habitación, que a su vez es parte de hogar, y de hogares, aquella gente no entendía.

- Señora, ¿me da una moneda?
- ¡Vete al colegio, niño!

Y así llevaba toda la mñana. Tenía las uñas quebradas y el rostro amoratado por la paliza que anoche le habían dado una manada de niños sin hogar para arrebatarle las mantas que, con esfuerzo, había conseguido sacar del fondo de un contenedor. Pero había sido una paliza digna de ser escrita.

- ¡Lo que sea, algo de comer!
- ¡Que te pires, chaval!

Al menos en este barrio le respondían. Había pasado la mañana en el barrio de las corbatas, y allí todo el mundo pasaba de largo a su lado, como si no existiera. Como si fuera un personaje de ficción.

- ¡Señor, para un bocadillo!

Éste pasó de largo. Las tripas le rugieron. No había comido nada desde ayer noche, cuando abandonó a Alfredo en contra de sus advertencias. Pero ahí estaba, viviendo su aventura. Un segundo rugido en sus entrañas hizo flaquear su determinación. Quizás ya fuese hora.

Se subió a un taxi, y para sorpresa de su conductor extendión un billete de cincuenta, indicándole que le dejara frente a una de las mansiones más grandes del barrio más rico de las afueras. Al llamar al timbre, fue Alfredo quien le abrió la puerta.

- Espero que haya disfrutado su aventura, señorito. ¿Me permitirá recomendarle otra lectura, la próxima vez?

- No, Alfred. Pero puedes devolver el Oliver Twist de mi mesilla a la biblioteca.

Aquella noche, no compartió ni colchón, ni cama, y soñó, soñó, soñó con leer al día siguiente algo sobre Huckleberry Finn.

1 comentario:

Raisah dijo...

Que peligroso es leer...