martes, septiembre 17, 2013

Mensajerías (y II)

- ¿Tío?
- Dime, mi cielo.
- ¿Por qué estás triste?

Les Luthiers, y mis padres después de ellos, me enseñaron que a los niños hay que contarles siempre la verdad. Que cualquier metáfora que quieras utilizar termina por confundirles. Que más allá de los cuentos, nunca sale bien.

- Porque el tío quiere mucho a una persona que hace mucho que no ve.

Me señala con el dedo, sonriendo, con la respuesta entre sus dientes de leche.

- ¡La hija del Rey!
- Sí. La pequeña.
- ¿Y por qué no vas a verla? ¿Ya no te quiere?

Eso pienso yo a veces. Que ya no me quiere. Se marchó a Neral, a ayudar a los refugiados de la guerra de Kumei, y desde entonces... Hace ya unos años. ¿Cuatro? No lo sé. Su ausencia me dolía cada día. Cada segundo del año entero que pasé en Suebia, en otros brazos, pensaba en ella. No por ello dejaba de sentir algo por aquella mujer de pelo oscuro y largo, muy largo, que me abrazaba y se esforzaba por sanar mis heridas. Pero no podía dejar de sentir, en lo más profundo de mi ser, que todo era un parche.

Y ahora llega esa carta. Donde ella hablaba y hablaba, vomitando línea tras línea, entusiasta, hiperoxigenada, ligeramente inmadura, pero soñadora y alegre. Como si no hubieran pasado años desde la última vez que nos vimos, como si nos fuéramos a ver próximamente.

Por supuesto, esto me parte el corazón.

- Sí, sí me quiere, cielo. Pero no puedo irme con ella.
- ¿Por qué no?

Ésta, creo yo, es la razón por la cual los adultos no les dicen la verdad a los niños. Porque temen su lógica aplastante y despreocupada. Como si no hubieran cosas que costaran en la vida.

Fue hace poco cuando, en la que fue una de las penúltimas veces que nos vimos (entre mis sábanas, en mi cumpleaños), que apoyada contra mi pecho me marcó para siempre. Nuestra historia, dijo ella aquella vez, nunca será sólo nuestra historia, porque hay demasiada gente que nos necesita. Es por eso que tenemos que querernos, tú y yo, pero no necesitarnos.

Recuerdo el siguiente parpadeo de sus ojos azules. Como si ella tampoco terminara de creérselo.

Y sin embargo hemos vivido así. Ella perdida en sus responsabilidades de hija del Rey, y yo inmerso en la supervivencia del plebeyo. Viendo pasar amantes a nuestro lado conquistar siempre casi todo nuestro corazón, menos ese irreductible bastión del otro que tenemos salvaguardado de los demás, en el interior.

martes, septiembre 03, 2013

Mensajerías (I)

- Tienes correo.

El Viajero deja un montón de cartas sobre la mesilla, y se desploma en el sofá. Sí, claro que tengo correo. Llevo unos meses fuera, por si no os habíais dado cuenta. Estaría bien que fueran cosas apasionantes, tórridas aventuras amorosas, o viajes apasionantes.

Pero no lo es. Era trabajo. Cuentacuentos es un título, no una profesión, y con Landelón bebiéndose mi cerveza y comiéndose mi macarrones (en ocasiones, hasta tiene el detalle de prepararlos él), necesitaba rellenar mi menguante cuenta bancaria. Pero para qué seguir hablando de esto. Todos, en algún momento, nos hemos enfrentado a la amenaza de los números rojos.

Compruebo las cartas una a una hasta decidir cuáles abrir. Ni qué decir que muchas de ellas son recibos, facturas, propaganda o publicidad (la diferencia entre ambas es sutil, pero no importante). Dos de ellas me llaman la atención. Una de ellas es un sobre marrón, que contiene una carta escrita en una hoja de libreta arrancada. Es de una lectora. Me escribe desde hace poco más de un mes, pero es un soplo de aire fresco. Me recuerda a cuando empecé yo con todo esto. Es sentimental, enamoradiza, y pasional. Arde con un fuego que no se puede contener, pero que debe aprender a controlar. Tiene talento para forjar algo que permanezca en el tiempo. Por eso me gusta leer sus cartas. Es como mirar el interior de una forja, el martillo subiendo y bajando, y las chispas saltando al contacto. Sé que es cuestión de tiempo que todo eso que golpea termine por tener forma.

La otra carta huele a jazmín. Es de la hija pequeña del Rey de Badar.

Y no sé si quiero abrirla.