lunes, abril 28, 2014

Dedos


Es frecuente emplear referencias a los labios o a los ojos como los artesanos del amor. Landelón y yo  pensamos que los auténticos peones del amor son los dedos.

Los dedos, los dedos son los que empiezan rozando dedos ajenos y haciendo saltar las primeras chispas de la pasión. Son los dedos los que buscan piel que acariciar en un intento de demostrar afecto cuando los labios aún no se han encontrado. Son los dedos los que desabrochan prendas en la intimidad, quienes revuelven el pelo y rozan mejillas, labios y cuellos.

Dedos impacientes, dedos temblorosos, dedos que corretean salvajes por tu piel como animales en la estepa, dedos que tropiezan, se deslizan, te rodean y te atrapan. Dedos, que buscan el gemido para provocarlo, para cazarlo, que buscan las más profundas humedades donde zambullirse y perderse.

Seguid componiendo poemas de amor a los ojos y a los labios, que yo me quedo con el magnífico trabajo que para él hacen los dedos.

sábado, abril 12, 2014

Suturas

La desembocadura del Dwat huele a salado y a algas podridas. Hoy la brisa sopla hacia el sur, alejando el olor de nosotros. Landelón prepara ceviche con su navaja. Yo tengo un libro en las manos.

- Deja de pensar en ella. No ayuda.
- No estoy pensando en ella.
- Esa página debe ser muy interesante. Llevas quince minutos en ella.
- Cállate.

Estoy malhumorado. Llevo un tiempo malhumorado. No se me pasa. Generalmente me basta un viaje, un par de cuentos, o algún juego idiota, y se me va de la cabeza. Pero por alguna razón, de un tiempo a esta parte no me quito el sabor gris de la boca.

- ¿Cómo lo haces? ¿Cómo lo consigues?
- Sigo adelante, Cuentacuentos.
- Yo también.
- Estás dejando muchísima parte de ti atrás. Con ella.

Se dice que si superar es pasar por encima de un problema, huir es dejarlo atrás. A la espera de que no vuelva, de que no te toque, que no reabra las heridas que con tanto cuidado has tratado de curar.

- No veo nada malo en eso. Dejo la parte de mí que siempre será suya.
- Te conviertes a ti mismo en un monstruo. Estás hecho pedazos, y cosido con puntos de sutura a base de esperanza y autoengaño. Una especie de monstruo de Frankenstein emocional, que no se viene abajo sólo porque la sutura sigue ahí.
- Sigo sin ver el lado malo.

Me señala con la navaja con la que está preparando el ceviche, y hace un gesto de abajo arriba, como destripándome.

- Ahora imagínate ese ser abrazando a una mujer hecha de filos. Aguda, inteligente, tenaz, valiente y hermosa. Cada virtud que tenga te hará saltar los puntos y te desmontará entero.
- Una mujer así haría pedazos a cualquiera.
- Preferiría que estuvieras entero. Sólo para que ella tuviera que poner esfuerzo para no hacerte daño.

Me he perdido en la metáfora. Por eso Landelón habla y habla y habla, y de todo lo que dice yo escribo sólo una parte. La inteligible. La que habla de cómo me cuesta mantenerme entero en la ausencia de la hija pequeña del Rey de Badar y en cuánto desearía volver a verla.

- ¿Y cómo dices que se llama esa mujer?
- Mary Shelley, imbécil - dice, exprimiento limón sobre el marisco troceado. - Es cuestión de tiempo que encuentres a una mujer que te haga sentir un monstruo hermoso.