lunes, agosto 22, 2016

De pesca

—Sssssh. Ven aquí.

B. se acercó a los matorrales que le señalaba Landelón. Al otro lado del acebo alcanzó a ver un amplísimo río, tan ancho que casi no alcanzaba a ver la otra orilla. Sobre las aguas de un tono verdoso y claro, una pequeña flotilla de barcas de suelo ancho y plano, sin quilla.

—¿Quiénes son?
—Son Nómadas del Río. Hemos llegado al Dwat. Mira allí.

En la dirección en la que señalaba, había una barca sobre la cual cinco hombres de piel morena tocaban instrumentos musicales (al menos una gaita y dos guitarras, alcanzó a reconocer) mientras dos jóvenes de pelo alborotado y faldas blancas de algodón hacían malabarismos con antorchas encendidas que brillaban de diferentes colores, verdes, dorados, azules.

—¿Son alguna clase de circo ambulante?
—Son pescadores.
—¿Pescadores?
—Baja el tono y mira.

Costaba reconocerlos con el sol del atardecer, pero en la superficie del agua comenzó a distinguir bultos brillantes y plateados. Cabezas de pez, del tamaño de melocotones, que parecían contemplar boqueantes el espectáculo.

—¿Qué son?
—Una variedad de pez de río autóctona del Dwat. 

Dos barcas más pequeñas se acercaban, lentamente, hacia los laterales del cada vez más denso grupo de peces. Sobre la borda, más jóvenes de piel morena se asomaban con lanzas de pesca terminabas en una púa larga y serrada. Entonces, al mismo tiempo, arrojaron sobre el grupo sus armas en una salvaje explosión de movimiento. Tan rápidamente como había aparecido, los peces se revolvieron y desaparecieron bajo la superficie del agua. Desde las barcas recogieron los arpones, y se hizo recuento de las presas de esa noche. En la barca más grande, los músicos y malabaristas dejaron de interpretar.

—El mero espectador del Dwat —explicó Landelón— es demasiado ágil y escurridizo para pescar de manera tradicional. Pero se ve atraído por los sonidos melódicos y las luces brillantes. De esa forma, si los logras distraer momentáneamente, puedes atrapar a unos cuantos si te mueves rápida y contundentemente. Parece que han tenido una buena pesca hoy. Quizás logremos su hospitalidad.

—¿El mero espectador?
—Sí. ¿Aún te extraña?
—¿Quién le puso ese nombre?
—Los Nómadas de Río, probablemente. Se parecen a meros, y son espectadores. Tampoco es un nombre descabellado.

B. tenía demasiada hambre como para ponerse a discutir. Cuando el Viajero se acercó a la orilla y se puso a llamar a los pescadores a gritos, se limitó a sacudirse el polvo de los pantalones para tratar de ofrecer el mejor aspecto posible, y colocándose un mechón de pelo rebelde detrás de la oreja, salió a su encuentro.

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